Nota del editor

LOABLE PREDILECCIÓN AQUELLA QUE OPTA POR LA LECTURA, CAUSANTE EN TODO CASO DE LA HONDA COMPLACENCIA PERSONAL RESULTANTE DE ELLA.

EL OSCURANTISMO en los individuos humanos es un mal endémico de tamaño mayor, por cierto, ¡remediable con leer a menudo!; reconfortante aspiración que puede verse satisfecha con creces con sólo dedicándole a diario un puñado de minutos a la lectura, está al alcance sólo de aquellos privilegiados con una dosis considerable de fuerza de voluntad y entusiasmo.

 

Una impericia de las de la dimensión de un templo pudiera ser presumir de no haber leído un solo libro en la vida, aseveración bastante común entre gentes de mentes ligeras quienes, para el colmo de la desfachatez, van por esos mundos de Dios dándoselas de sabedoras de todo no siéndolo absolutamente de nada.  

 

Fomentar el amor y la afición por la lectura en la comunidad, es una labor que además de cívica y altruista le honra a todo ser humano capaz de tal menester, siendo verdad, como no pudiera serlo de otra manera, eso de que pocas cosas hay que le aprovechan a un Pueblo o Nación como una ciudadanía ávida del cultivo de su propio intelecto, por el que pueda permitirse estar a la altura de cualquier circunstancia dentro de la Aldea Global. De ahí la sensatez de aquella frase acuñada por alguien con exquisito sentido de responsabilidad y gran altura de miras: “Vale más un pueblo culto que un pueblo rico”. 

 

Por razones más que evidentes, predomina la obsolescencia entre aquellos profesionales que consideran que el hecho de estar en posesión de una titulación académica les exime de la obligación sagrada de leer con regularidad para de esta guisa estar al día de los conocimientos renovados de cualquier índole. Éstos constituyen un caldo de cultivo creador de analfabetos funcionales, en todo caso incapaces de adaptarse a las actualizaciones que les permitan un ejercicio óptimo de su propia profesión u oficio.

 

No es lo mismo tener una cultura que ser culto. Se es acreedor a una cultura por nacer en un entorno social con elementos tradicionales inherentes que no precisan de aprendizaje alguno para su obtención y disfrute; mientras que se es culto merced a la adquisición de unos conocimientos (académicos) derivados del esfuerzo y la voluntad de adquirirlos, con miras al mejor desenvolvimiento en el espacio natural compartido.

 

La tradición oral nunca fue garantía alguna para la preservación fehaciente de la cultura y la historia en sus elementos más genuinos. Toda cultura que carece de escritura está condenada a ser fagocitada tarde o temprano, por otras culturas con archivos creados mediante negro sobre blanco. En el mejor de los casos la cultura simplemente oral acaba siendo viciada por elementos ajenos a ella, terminando por perder lo netamente esencial y genuina de ella misma.

 

Para evitar semejante despropósito, los encargados de preservar la cultura africana en cada país o comunidad están obligados a crear mecanismos que posibiliten la conservación por escrito de todos los elementos culturales existentes mediante un análisis pormenorizado para las futuras generaciones de África.

 

El tantas veces recurrente dicho que sostiene que “En África cuando muere un anciano es toda una biblioteca que desaparece con él” resulta irrelevante cuando no radicalmente inapropiado a la hora hacer planteamientos académicos rigurosos y sensatos, al no existir dentro de ningún grupo humano especie de ciencia infusa consistente en el conocimiento no adquirido mediante el estudio, sino atribuido a factores sobrenaturales o mágicos. En la actualidad, en África las investigaciones científicas realizadas por profesionales africanos rebasan lo meramente mágico y ceremonial.