Nota del editor

ÁFRICA: IMPERFECTAMENTE COLONIZADA, DE MANERA ANÓMALA EMANCIPADA. UN LASTRE CAMINO DE ENMENDARSE

 

Analizado desde el prisma de la experiencia y el sosiego que sólo otorga el devenir de los acontecimientos históricos, no existe la menor duda de que el proceso de colonización en África se llevó a efecto con considerable dosis de perfidia y picardía, donde la voluntad y el empeño de los mentores de semejante entuerto se centraron, única y exclusivamente, en el continente como entidad sin alma ni principios y en absoluto en sus moradores legítimos como individuos humanos con prerrogativas propias. A partir de entonces estos últimos, bueno es recordarlo, fueron reducidos a meros convidados de piedra sin voz ni voto incluso en menesteres relacionados con su África natal y sus circunstancias.

 

 

Para los colonizadores, África fue algo así como un bendito tesoro sin dueño ni señor hallado en medio de la nada, oportunidad propicia donde luego se juntarían el hambre con las ganas de comer de aquellos quienes de inmediato hicieron aflorar su afán inconmensurable por adueñarse de ingentes recursos en unas tierras ubicadas a escasas millas marinas de distancia respecto del Viejo Continente.

 

 

Los protagonistas del proceso de colonización en África subsahariana, a principios del siglo XIX, jamás mostraron interés alguno en cuanto a la formación académico-intelectual de recursos humanos entre la población indígena, para de esta manera disponer de una clase política, empresarial o de cualquier otra índole, la cual a corto o medio plazo pudiera asumir con eficacia y determinación altas responsabilidades en sus propios Países o Estados dentro de África, una vez que éstos se hubiesen independizado de sus respectivas potencias colonizadoras.

 

En efecto, para lo único que interesaba el indígena en las tierras conquistadas era desarrollar labores de labranza, construir carreteras y poco más, donde él no tuviera que hacer uso de su intelecto para mayor gloria de su aprendizaje en relación a su entorno natural y más allá de él. En cualquier caso, el indígena solo fue utilizado como fuerza bruta, en ocasiones cual auténtica bestia de carga para prestar unos servicios pésimamente remunerados en el mejor de los casos. Ante semejante panorama, el oscurantismo y la mediocridad campaban a sus anchas y eran moneda corriente por doquier entre la población indígena africana.

 

 

A mí no me duelen prendas recalcar que el proceso de descolonización, que fue complicado y escalonado en el tiempo, empezó a cuajar ya bien madurado el siglo XX, y pilló, como no podía ser de otro modo, en paños menores a los protagonistas de los movimientos independentistas africanos. Éstos carecían de una preparación adecuada para ejercer altas funciones administrativas en sus países, al no recibir de sus colonizadores formación alguna idónea para tal cometido.

 

 

El deseo por parte de las fuerzas aliadas que, tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), las cuales se empeñaban en deshacerse de la carga económica de mantener grandes imperios, de manera precipitada y anómala, prometieron la independencia de sus colonias en África mientras que los cabos en materia de economía, energía, entre otros muchos, quedaban demasiado sueltos, lo que significó hasta hace relativamente poco un verdadero hándicap para el desarrollo integral y sostenible de África.

 

 

Sin duda alguna, honda gratitud y exculpación por los posibles errores cometidos, les debemos a los padres de las independencias de los países africanos quienes, pese a carecer de una formación previa y adecuada para desenvolverse en el ejercicio de los quehaceres propios de la Cosa Pública, sin embargo, lograron conquistar la soberanía y la emancipación de los pueblos de África, por más que muchos de ellos estuvieran dando palos de ciego en materia de la gobernanza, con más desajustes que aciertos.

 

 

En la actualidad, África se está recomponiendo y sus esfuerzos en esa dirección bien merecen un efusivo apoyo y reconocimiento, habida cuenta de que en los foros internacionales ella ya habla con voz propia y cuenta con un peso específico y, a la vez, se ha convertido en una defensora eficaz para el conjunto de los pueblos de África, donde el desarrollo socioeconómico a día de hoy es ya un hecho inapelable.