Nota del editor

GUINEA ECUATORIAL: DE HUMILDE Y RECATADA CUNA AL OLIMPO MISMO DE LOS “DIOSES” DE LA POLÍTICA GLOBAL

Pocos países hay en el mundo como la República de Guinea Ecuatorial la cual, en su corta pero intensísima trayectoria de una actividad política fraguada a base de avatares y superaciones constantes, cuya ciudadanía puede al fin celebrar con apasionamiento y veneración sus bodas de oro como Estado soberano y libre, haciendo gala de una personalidad imbatible y disfrutando de merecida admiración y respeto, por parte de muchos más allá de sus confines.

 

Hacia Guinea Ecuatorial podrá albergarse sentimientos diversos, pero jamás ninguno de los cuales implicará frialdad ni indiferencia. Y en relación a los hechos encaminados a mejorar las condiciones de vida dentro del territorio nacional en el tiempo transcurrido desde su accesión a la independencia el 12 de octubre de 1968, resulta justo y necesario reconocer que todos los esfuerzos desplegados en esa dirección son producto de una contribución colectiva al amparo de un liderazgo hábil y eficiente, en todo momento consciente Él de lo  mucho que tenemos en común y nos hace uno y fuertes así como de aquello que nos divide y enfrenta, en total nos debilita considerablemente, sin que en todo ello importe la ideología política o credo religioso alguno.

 

De ahí que hacer de nuestro país un recoveco de paz y sosiego como condición sine qua non para su desarrollo integral y sostenible, en el marco de un diálogo constructivo y permanente, no es una opción sino una obligación a la que ningún ciudadano de bien puede eludir. Loable tarea que es de todos, por la cuenta que nos tiene por igual.

 

Cabe esperar que existan opiniones y reacciones encontradas sobre el tema que hoy nos ocupa, dependiendo en todo caso del modo personal de emitir los juicios de valor de cada cual. Sin embargo, ante una realidad real que no virtual, el hecho es que hasta hace bien poco ecuatoguineanos de toda clase y condición compartíamos por igual el triste y dudoso honor de ser ciudadanos de uno de los países más pobres y desestructurados de la tierra. Hoy en día, ¡qué duda cabe!, somos por razones obvias uno de los objetos de deseo más codiciados en el concierto de las naciones, gozamos de personalidad plena y nos expresamos resueltos y con voz propia en todos los foros internacionales, le pese a quien le pese, le duela a quien le duela.

 

Si en la fecha del día 12 de octubre de aquel ya lejano 1968 y a lo largo de los 11 años que siguieron inmediatamente después -los cuales significaron devastación y miseria para el país y su entera ciudadanía-, a alguien se le hubiera ocurrido predecir mínimamente lo que iba a ser Guinea Ecuatorial a fecha de hoy -un país próspero con instituciones democráticas propias a pleno rendimiento-, habrían tachado sus insinuaciones de descabelladas y absurdas cuando no propias de alguien rematadamente loco.

 

Si existe algo sobre el que toda la ciudadanía ecuatoguineana, o por lo menos una holgada mayoría de ella, guarda común avenencia y concierto es el hecho de  que el nuevo rumbo adoptado por el país desde aquel día 3 de agosto de 1979 ha resultado ser un acierto en toda regla, teniendo en cuenta que merced al cual no sólo pudimos recuperar todos los derechos perdidos durante el régimen anterior sino que, además, pudimos establecer los mecanismos que han permitido introducir, en tiempo relativamente corto, mejoras significativas en el nivel de vida dentro del país así como la percepción de un futuro que por ende se antoja cada vez mejor en relación al desarrollo sociocultural pleno de la República de Guinea Ecuatorial como Estado moderno, independiente y soberano.

 

Resulta pues absurdo y hasta cierto punto pueril pretender ignorar nuestro propio potencial para llevar a efecto, sin acritud ni estridencias, actividades que contribuyan en el progreso y bienestar de nuestro país en su conjunto. Sin embargo, por esas cosas raras de la vida, algunos sí parecen no estar por la labor y se empeñan en aspirar a que un día cualquiera en el suelo patrio hagan acto de presencia especie de fuerzas ocultas y misteriosas que supuestamente con su "actuación" nos saquen las castañas del fuego. ¿Tal vez también para someternos como antaño durante la etapa colonial, por cierto, de tristísima recordación?