EN GUINEA ECUATORIAL, NO SOLO DE LA POLÍTICA VIVE LA CIUDADANÍA SINO TAMBIÉN DE ALGO MÁS

Como en todo país dinámico y moderno que aspira a hacerse un hueco dentro del concierto de las naciones mediante el tesón y la habilidad de sus recursos humanos autóctonos, en la República de Guinea Ecuatorial, hoy como ayer, existen otras prioridades que con diferencia rebasan los estrictos márgenes de la actividad política propiamente dicha, para constituir, como es público y notorio, el punto álgido de las preocupaciones de aquellos que a diario tienen que vérselas con la responsabilidad de velar por el óptimo funcionamiento de la Cosa Pública.

 

Siendo plenamente consciente de que el ejercicio en cuerpo y alma de los sacros menesteres relacionados con la función pública, sin duda alguna implica dedicación y denuedo, apuesto por la certeza de que los encargados de tales hacen lo indecible por que la ciudadanía alcance las cotas máximas de estabilidad, seguridad y de convivencia en paz permanente.

 

Una ciudadanía como la ecuatoguineana, a la que a estas alturas de la historia no se le puede dar gato por liebre, con razón apuesta por hechos palpables que no por discursillos insulsos de banquillo, plagados de populismo barato y de falsedades inasumibles. Pues, tras la nefasta experiencia vivida por ella en otras épocas de triste y aciaga memoria, protagonizada evidentemente por incautos sin escrúpulo alguno con sus dimes y diretes, nadie como el ciudadano ecuatoguineano quien a buen seguro sabe que con las cosas del comer no se juega, o lo que es lo mismo, quien juega con fuego, se quema los dedos.

 

Denota mala fe y nula entidad moral pretender llamar la atención de cualquier lego en la materia aireando mensajes engañosos o Fake news por doquier, y esperar a ver qué pasa. Pues hace poco, como si tal cosa se ha dicho y redicho por ahí, sin base ni fundamento, que en Guinea Ecuatorial las entidades bancarias dentro del territorio nacional se habían quedado sin liquidez para hacer frente a sus obligaciones profesionales para con su clientela; a sabiendas en todo caso por parte de los mentores de tamaño bulo de que todo aquello no era sino una burda mentira de las de gran calado. Pues en el país centroafricano ni antes ni ahora nunca ocurrió semejante entuerto.

 

De Guinea Ecuatorial, por desgracia, se ha dicho cada sandez basándose única y exclusivamente en ensoñaciones pueriles que en nada tienen que ver con la realidad real. Incluso algunos, en su espeluznante diarrea mental, han llegado a comparar la situación en Guinea Ecuatorial de hoy en día a la de Afganistán actual. Lo cual, sabiendo lo que todo el mundo sabe del país asiático —muerte, hambre, desplazamientos forzosos de inocentes que quiebran la paz social y las ganas mismas de vivir de gentes de cualquier edad y sexo, entre otras inclemencias varias—, constituye evidentemente un despiadado insulto a los sufridos súbditos afganos de dentro y de fuera del país, cuando no una mofa en toda regla a esos infelices, la cual roza el cinismo y la insensibilidad más horripilantes.

 

Como que últimamente se me hace demasiado reiterativo hablar de Guinea Ecuatorial en relación a su desarrollo y mejoras significativas en todas las vertientes de su estructura social. La Guinea Ecuatorial moderna es un Estado soberano que tiene abiertas sus fronteras a todos aquellos que quieran visitarla con ojos limpios y sin pretensiones retorcidas, tal como ocurre en ocasiones.

 

En todo caso, no está de más decir que los ecuatoguineanos, además de hablar de política como motor y garante que hace rodar el engranaje de las instituciones democráticas dentro del país, así como sus relaciones diplomáticas con otros países, también se ocupan de quehaceres cotidianos si bien no tan sonoros y relevantes como la política, pero que tienen mayor raigambre y connotación en el entorno más próximo y estrecho del ciudadano de a pie. Pues en Guinea Ecuatorial, el ciudadano no solo habla de política propiamente dicha, sino que también de aquellas otras cosas aparentemente más peregrinas y que se circunscriben a sus circunstancias más próximo como ciudadano, y sin que se les caigan los anillos por ello.


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A mí nunca me dolieron prendas, toda vez que he tenido que reconocer por doquier que en el continente africano queda aún mucho por hacer, concretamente en lo relacionado a las mejoras inherentes y precisas con miras a su desarrollo integral y sostenible. Sin embargo, el tesón y la determinación mostrados a lo largo de los últimos decenios por la generalidad de los pueblos de África en esa dirección —algo vivido en carne propia como testigo privilegiado de excepción— bien merecen, sin ningún género de dudas, un franco y plausible reconocimiento por parte del resto de la clase política global. 

 

Indigna, sin embargo, percatarse de que el mayor afán de ciertas personas desde otras latitudes, a la hora de ponerse a analizar las realizaciones de la clase política africana, es encontrar perfección absoluta en los recovecos más nimios de aquello que no es sino una actividad humana en toda regla, susceptible por tanto de imperfecciones propias de cualquier proceso evolutivo en el tiempo. Susodicha actitud, que resulta demasiado recurrente en esas personas que, para el colmo de la desfachatez, en gran medida adolecen del conocimiento exhaustivo en lo referente a la actividad cotidiana de la clase política africana, en lo que va de la fecha de inicio de la emancipación de los pueblos de África hasta nuestros días.

 

En infinidad de ocasiones, con no menor insistencia se me habrá oído airear impertérrito en pro del establecimiento de un diálogo permanente, sosegado y constructivo entre diferentes líderes políticos africanos. Un diálogo que debería ser franco y sincero orientado a solventar con sensatez aquellos problemas que dificultan nuestra convivencia en paz y constituyen un serio óbice para el desarrollo socioeconómico y cultural en África. En ese diálogo donde cada uno de los implicados, sin acritud ni estridencias,  contribuya con lo mejor de sí mismo con el fin de conseguir el bien común para la entera ciudadanía africana,  sin que en todo ello primen las ideologías políticas, motivaciones étnicas, credos religiosos o similares.

 

Reescribir nuestra propia historia no es una alternativa caprichosa sino más bien una obligación perentoria que nos incumbe por igual a los africanos de pura cepa. Pues no haciéndolo de esa manera, pocas posibilidades hay a que ocupemos el sitio que nos corresponde en el concierto de las naciones, donde corresponde que nuestra realidad histórica sea conocida y transmitida a las futuras generaciones con desapasionamiento y realismo.

 

Si la historia de África no tiene en los propios africanos a sus protagonistas, evidentemente corremos el riesgo de que otros nos usurpen el lugar que nos corresponde por derecho y, a su vez, realicen tamaña labor por nosotros pero de manera torticera y tergiversada como es habitual. Pues sabido es que éstos, con frecuencia se pierden en disquisiciones interesadas, eludiendo en todo momento relatar de manera fehaciente los acontecimientos en torno a dicha historia sobre cómo la vivieron nuestros ancestros durante centurias largas de esclavitud y colonizaciones. De aquellos polvos los actuales lodos.

 

Con el pasar de los años, los africanos nos hemos acostumbrado, mal que bien, a ser carne de cañón y piezas de caza mayor para cualquier ‘señorito’ de turno; y después de atribuírsenos el dudoso apelativo de ‘minoría de edad’ perenne, siempre hubo alguien que por su cuenta y riesgo quisiera pensar y decidir por nosotros, sin que en ello en absoluto importaran  nuestras propias valoraciones ni mucho menos nuestras apetencias. Hoy, más que ayer, viene a colación el sabio proverbio africano que dice: "Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador". Con razón, Chinua Achebe, el más grande escritor nigeriano de todos los tiempos decía: “También el león debe tener quien cuente su historia. No solo el cazador”.


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